-Soliloquios de El Soñante-

“La Eternidad de las Flores: La Búsqueda IV”

Pasados dos días de viaje por el bosque, la fatiga se hizo notar en los humanos, de modo que las paradas eran cada vez más frecuentes. Esto molestaba a Aunrae, pero les daba tiempo para conversar con los ancianos. 

De pronto, cuando habían retomado la marcha, oyeron el chillido de algo que creyeron era un águila. Sin embargo, el chillido se hacía escuchar una y otra vez, con mucha más fuerza uno que el anterior.

En un instante una criatura gigante se asomó en su campo visual. Tenía unas alas enormes, grises. Su cuerpo era de varias veces un águila, tenía garras, y además unas patas traseras y cola, como un león.

-Un…- balbuceó la Drow.
-…Hipogrifo, específicamente es Juandrez- interrumpió Nyko.

El animal alado dio vueltas en círculos sobre el aire, hasta que finalmente aterrizó a pocos metros del grupo.

-Nyko, Genova, tanto tiempo- saludo la criatura.
-Lo mismo digo- exclamó el mayor de los hermanos.

Genova sólo alzó el brazo, haciendo un gesto de saludo.

-Veo que te has encontrado con mi sobrina- dijo Juandrez tras encontrarse con los ojos de la muchacha.
-Pues sí, y también con el nieto de Tanavar, Inírion- explicó el hombre.
-¿Sobrina?- preguntó la joven.
-Obito no debe haber mencionado que tenía hermanos adoptivos…- dijo en un susurro el hipogrifo -Sucede que tu abuela tenía la tendencia a encontrar criaturas huérfanas y adoptarlas hasta que pudieran sobrevivir por si solas-
-Ah..- respondió un poco decepcionada.
-No te engañes, seguía siendo muy temible hasta para nosotros- aclaró.

Luego de una amena conversación, los jóvenes elfos recordaron que debían continuar con su expedición en búsqueda de Arbóreos. 
Juandrez se ofreció para llevarlos hasta el próximo pueblo, cercano a la hoja que indicaba el mapa.

De este modo, todos subieron al hipogrifo, quien con los años había triplicado su tamaño, y volaron lejos del norte invernal. 
En menos de un día avistaron lo que era una gran ciudad, con muros de piedra hechos por los enanos, y una arquitectura envidiable por todos los seres de la tierra.

El clima era templado, y parecía que la primavera hacía florecer aquel nuevo lugar, lejano a lo acostumbrado por los cuatro viajeros. 

Juandrez aterrizó a unos cien metros de la puerta de la ciudad, entre los pinos del bosque, para evitar problemas con los habitantes del lugar.

Se despidieron sin prisa, pero al mismo tiempo sin demora. La criatura les había contado sobre el resto de la familia de Drad y sobre los antiguos Arbóreos que conoció a los jóvenes Elfos, y se había actualizado con respecto a la vida de los hermanos durante el viaje, de modo que poco era lo que faltaba por decir.

-Cuídense de los asesinos, mercenarios y ladrones. Donde quiera que vayan ellos estarán esperando- aconsejó el hipogrifo al tiempo que emprendía el vuelo en dirección a lo desconocido.
-Lo haremos, ¡Adiós!- grito Inírion.

La Drow se conformó con alzar el brazo para despedirse, al igual que hicieron los hermanos. 

Genova fue el primero en reaccionar tras aquel momento, y recompuso la marcha hacia la ciudad, más enérgico que al principio del día. 
Nyko fue el primero en irse detrás de él, y los Elfos se quedaron en la cola, tal vez sería más seguro protegerlos desde atrás si aparecía alguien.

Su procesión al interior de la ciudad no fue larga, de hecho, en una hora ya habían llegado al centro. Iban a sacar el mapa cuando escucharon una riña en un callejón cercano.
Inírion se encaminó raudo al lugar. Por una cuestión que no entendió bien, la Drow lo siguió de cerca.

-¡Maldita rata, me robaste!- gritaba un hombre lanzando una olla.
-Lo siento, tenía hambre- expresó la criatura.
-¡DEBES PAGAR!- gritó con un cuchillo en la mano.

El hombre se preparó para asestar el golpe, pero antes de tocar el cuerpo peludo una mano le sujeto la muñeca.

-Déjalo- ordenó Aunrae.

Inírion, que no se esperaba aquello, había estirado el báculo en dirección al hombre. Pero la aparición de la Drow lo hizo paralizarse unos segundos. Él bajo el arma y se acercó a la ardilla, extrañamente de color verde, mientras la chica forcejeaba con el hombre.

-Puedes retirarte ahora o te cortaré en pedazos- gruñó la Drow.
-Una mujer no me da miedo- bramó.

Entonces la Elfa lo agarró por la espalda y lo lanzó contra el piso.

-Arrepiéntete, mierda- le dijo con el ceño fruncido, al tiempo que desenfundaba una cimitarra.

El Elfo Nocturno se puso en pie, con la criatura entre los brazos, y se puso a caminar hacia afuera del callejón. El hombre intentó alcanzarlo, pero antes de que lo tocara salió volando como si el chico tuviera una burbuja cubriéndolo. La Drow se rió despacio, burlándose, y siguió al joven.

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