-Soliloquios de El Soñante-

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“yo no te pido la luna”


“y quiero bailar”

He de confesar, ganas no me faltan de llevarte a bailar, quiero que tu cuerpo y el mío se entiendan en los compases de alguna melodía sin fin, quiero pasar mi mano por tu espalda y que sientas mi respiración acelerándose por tenerte tan cerca, quiero que sepas cuánto te deseo, que veas como el sudor recorre mi frente y te sepas el motivo de ello, quiero que vayamos a la pista, que perdamos la noción del tiempo juntos, y si en la pista dejamos de ser dos, y pasamos a ser un sólo ser, que así sea; no me importaría que mi última respiración fuese el compás final de tu exótica danza, no me interesaría seguir viviendo sin poderte tener otra vez entre mis brazos.

Y quiero bailar contigo, ver como brillas como luna llena en plena noche de Abril, quiero que me compartas tu vida eterna en una noche de rumba y arrabal.


“que…”

Que se me gasten los labios en sólo darte besos, que se me acaben los días mirándote a los ojos y que no haya nada más en mi vida que la fuerza con que dices mi nombre; que se acaben las tinieblas y que los ángeles vengan a verme a través de tu compañía. Que se vayan lejos todos los miedos y que me digas cuánto me necesitas, que se apague la luna y se olvide a los mejores poetas, que todo valga nada, y que nada lo sea todo; quiero que contigo todo sea posible, y que conmigo te atrevas a intentar lo imposible.


“más culpable resulto ser yo”

Culpable es ella de que sonría así, de que hoy vuelva a cantar, y que probablemente mañana vaya corriendo a besarla otra vez; de que no me haya bastado aquella primera noche bajo una luna naciente, que me este ahogando en necesidad de tenerla nuevamente entre mis brazos.

Pero si de culpas hablamos, más culpable es mi alma, de no saberse a gusto en soledad, de siempre haberla buscado en todas partes, es más culpable mi mente que la dibujaba tiernamente en el crisol, que me llevaba a experimentar su amor sin siquiera conocerla , y mucho más culpable resulto ser yo, al haberme perdido tantos años de ella.


“antes del 20″

A punto de ser 20 de Enero, viniste a mí como un rayo fugaz, viste en mis ojos todo lo estaba por entregar, me derretí en tu encanto, me deje vencer por ti; cerca del 20 de Enero no me pude resistir a tu magia de mujer y fue así como me prometí no dejarte ir sin antes haber probado tus labios.

Creo que podría pasar el resto de mis días deshojando a la luna para ti, creo que podría cocer a tu almohada todas las estrellas que nacen de mi pecho, y que no me cansaría de estar justo aquí, fue justo antes del 20 de Enero, porque tú quisiste que fuera así, pero sé que en menos de un año, tendremos una nueva fecha especial; nuevamente será 20 de Enero y ésta vez, no te dejaré ir sin antes haber vuelto a probar de tus besos.


“1 de Enero”

Ahora que arranca un nuevo año, no queda más que iniciarlo con toda la energía posible, por ésta razón estreno cabecera, la primera de éste 2013: para esta ocasión me decidí por un amigable amigo que duerme plácidamente sobre la luna, ojalá que reine la paz y la tranquilidad en la vida de todos. ¡Bienvenido Enero!


“El Conejo de la Luna”

Una antigua leyenda maya intenta explicar el porqué de esa forma animal que se adivina de noche si miramos hacia el astro nocturno. Las sombras de los cráteres en la escarpada superficie lunar, según los precolombinos, simulan un conejo en movimiento, saltando. La vieja leyenda dice:

 Quetzalcóatl, el dios grande y bueno, se fue a viajar una vez por el mundo en figura de hombre. Como había caminado todo un día, a la caída de la tarde se sintió fatigado y con hambre. Pero todavía siguió caminando, hasta que las estrellas comenzaron a brillar y la luna se asomó a la ventana de los cielos. Entonces se sentó a la orilla del camino, y estaba allí descansando, cuando vio a un conejito que había salido a cenar.
-¿Qué estás comiendo?, -le preguntó.
-Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?
-Gracias, pero yo no como zacate.
-¿Qué vas a hacer entonces?
-Morirme tal vez de hambre y sed.
El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo:
-Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí.
Entonces el dios acarició al conejito y le dijo:
– Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti.
Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo: 
-Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.


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