-Memorias del Profe-

“oyendo a Josefa, la Jilgerilla -Para Xhadani-“

Cuantos buenos recuerdos no vienen justo ahora a mi mente, cuantos bellos momentos pasados en mi historia, cuantos rostros y lugares, sensaciones, sentimientos y anhelos pasados; se dice que recordar es volver a vivir y que si el hombre puede recordar es solo porque tiene derecho a revivir las cosas que ya han pasado aunque solo sea por un momento en su mente, los recuerdos nos permiten proyectar nuestro pasado sobre nuestro presente y de igual manera sirven muchas veces de pretexto para proyectar un futuro que aun no existe.

Y en mí los recuerdos crean maravillas, me hacen soñar despierto con las cosas que ya han pasado y me hacen creer que el futuro será todavía mejor de lo que fue mi pasado, aun cuando eso signifique deslindarme un poco de mi presente, siempre me agrada recordar y aprovecho cualquier oportunidad para hacerlo, especialmente cuando viajo y miro por la ventana fijamente a un punto que se pierde en el horizonte tal como lo hacen mis alegrías entre la inmensidad del tiempo mismo.

Cuantos recuerdos no vienen justo ahora a mi mente, justo ahora que escucho a Josefa la jilgerilla en voz de la maestra Flor, ahora que vuelvo a sentir al aroma del café dándome la bienvenida a la aventura; esa aventura que viví desde hace mucho tiempo en mis adentros y que ahora puedo llevar a la realidad buscándome a mí mismo en el camino de una vocación que muchos añoran y otros tantos consiguen. Si, la maestra me ha hecho recordar a Xhadani, a mis niños de las montañas, me ha hecho recordar la primera gran aventura que viví como un normalista, no esos panfletos que resultaron ser los bloqueos  y tomas de oficinas, sino la única aventura válida para alguien que desea ser un docente y que se dice con orgullo “un docente en formación”; el ir al encuentro de la docencia justo donde con más fuerza existe, en la sierra con las comunidades de las montañas, con los niños y niñas a cuya pureza no alcanza ningún final, allí donde la naturaleza demuestra su grandeza en cada figura, en cada aroma, en cada silueta, en cada rincón, en cada una de las maravillosas obras que su magistral fuerza crea, justo ahí a donde la maestra me ha transportado.

Xhadani de mi vida, de mis adentros, de mi vocación, de mis recuerdos, de mi vida misma; cuan feliz fui al pisar esa bendita tierra de cafetales y vegetación salvaje, al sumergirme en el rio vivo  que baja de las entrañas de las montañas, al estar con su gente y al dormir bajo su cielo estrellado, al mirar su neblina en la mañana y sentirla penetrar en mis poros,  al aprender a ver en los demás un pedazo de mis sueños,  y es que fue gracias a esa mágica comunidad que acepte como propio este camino tan escabroso, y que decidí tomarlo con la mayor responsabilidad posible, no para demostrarles algo a los demás, sino para estar feliz conmigo mismo al saber cumplido un sueño tan añejo y tan joven a la vez.

Y aunque breve, el recuerdo fue muy fuerte y me hizo poner los pies en la tierra, al hacerme caer en cuenta de que aun puedo hacer mucho más para ver cumplidos mis sueños,  que aun debo hacer mucho más para que este camino no se vuelva imposible y cada nuevo paso me acerque más a ser un mejor docente en formación.

Para mí de nada sirve recordar si no se usa el recuerdo en algo productivo o si el recuerdo no sirve al menos para arrancar una sonrisa, y afortunadamente los recuerdos de Xhadani han hecho ambas cosas en mí.

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