-Memorias del Profe-

“La Eternidad de las Flores: El recuerdo I”

El día de hoy comienzo con una serie de publicaciones, ya lo había adelantado a principios de mes y paso a explicarme un poco más: hace algunas semanas comencé a escribir un pequeño relato con una entrañable amiga de una de mis redes sociales, y hasta ahora el relato ha ido creciendo hasta estar ya cerca de su final, en realidad no es la gran cosa pero nos ha servido para relajarnos del estrés y tener algo más en que pensar, diré que muchos de los nombres que aparecen en él son verdaderamente extraños pero corresponden nombres de usuarios del mismo foro de dónde conocí a mi amiga y todos son amigos en común de ambos, todas las publicaciones de este relato tendrá la etiqueta “La Eternidad de las Flores” dado que así se llama la historia, y por supuesto estarán en la categoría “Cuentos de los Arboles”, sin más comienzo:

La Eternidad de las Flores: El recuerdo

Llevaba la visión nublada, la alergia no me permitía seguir el paso a mis primos, y ellos eran muy intrépidos. Vi al abuelo Tanavar acercarse con una rosa que contenía una infusión acaramelada. 

-Bébela- me ordenó -Te quitará la alergia-

El abuelo era el fundador de la comunidad en la que habitábamos mi familia y yo, junto a mis primos, los hermanos y primos del abuelo y sus hijos.
Sin embargo, el no era quien tomaba las decisiones. Parecían tener todos el mismo poder a la hora de optar por una u otra cosa. 

Lo sorprendente era que quien parecía tener mayor autoridad era la prima del abuelo. Confu, como solían llamarla, era una elfa oscura. Tenía otro nombre y apellidos, pero no me los sé. 

Tras beber la infusión del abuelo todos mis sentidos volvieron a mí y pude moverme con facilidad. Alcancé a mis primos en pocos segundos, incluso me puse en medio del grupo.

Nos dirigíamos al lago. Mi abuelo dice que el nombre se lo puso Elfamaniaca, pero no puedo recordarlo. El bosque de camino era muy frondoso y extenso. Además, en su interior habían cientos de criaturas mágicas, así como frutos deliciosos y, por supuesto, las mascotas de los habitantes que solían pasar sus tardes allí.

Unos cuantos álamos, altos hasta el cielo, eran lo primero que se veía al ingresar. Nuestro paso era firme, audaz, pero no rápido. 
Seguimos entre los árboles hasta toparnos con los pinos. El suelo se veía anaranjado por sus pequeñas hojas que dejaba caer constantemente. El abuelo decía que era maravillosa la cantidad de colores, olores y vistas que podías tener en la naturaleza, y aún más fabuloso era la combinación de una gran diversidad de especies en un lugar como nuestra comunidad. 
Su sueño había sido este lugar, y con el esfuerzo de años, él y sus familiares y amigos lograron construirlo.

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