-Memorias del Profe-

“La Eternidad de las Flores: Veredas Obstinadas III”

“Aunrae, hoy te toca la caza”. Perfecto, no podían haber peores noticias. No es que no me guste cazar, de hecho, al contrario, pero me harta tener que hacerlo por obligación.

Este bosque tan frondoso convertido en esta sarta de hojas anaranjadas, casi del color del oro, cayendo poco a poco sobre el nevado suelo… Y pretenden que encuentre comida aquí, precisamente en el desierto helado. 

Antes, hace muchos años, yo no conocía el invierno, si quiera el frío. Cuando vivíamos en la Arboleada de las Lunas. Aquel lugar nos protegía como si fuéramos gatitos. Prefiero por mucho estar aquí fuera que en ese lugar tan… de fácil vivir. Aun que a veces añoro la seguridad que me daba, la belleza que irradiaba, las personas… mi abuela.

Tanto tiempo había pasado, que ya no podía recordar el rostro de aquella mujer de piel oscura que terminó por traicionarlos a todos.

Drad Confused Duredspar Terrón, mi padre suele hablar de ella como si hubiese sido la mujer más maravillosa del planeta. Tal vez sólo la admiraba, pero incluso aprobó la destrucción de la Arboleada solamente porque era su madre quien lo había hecho.

Su admiración, sin embargo, se me ha ido traspasando. Mi abuela era un ser correcto, tal vez no bondadoso. Había llevado a la perdición a cientos de almas -y era lo que correspondía según nuestra religión-, pero seguía considerándola buena. Por lo menos conmigo lo era, y no me obligaba a cazar.

Pero, ¿no habitaban más personas aquella comunidad? No puedo recordarlo bien… han pasado demasiados años, y Obito, mi padre, sólo habla de su madre.

Bueno, ha seguir con esto.

La nieve refrena mi paso, y para no hacer ruido voy lento. No me gusta cazar como los cobardes con flechas, así que llevo mi espada en la mano derecha y una pequeña daga en el cinturón.

Me encamino al lago, sin dejar de oír hasta el más mínimo rozar de las hojas, ahora ocultas bajo el blanco manto. 

Siento pasos, son más grandes que los de un ciervo, pero más pequeños que los de un oso… quizás sea… un intruso.

***

No sé dónde me llevan mis pies, he caminado días y noches, y mi cuerpo no se cansa. ¿Será que la Diosa Madre me está impulsando a seguir? 
Padre no me enseñó demasiados lugares, habíamos vivido en el mismo lugar desde que el portal nos arrojó. Sin embargo, presiento que algo no estará bien por aquí. Los cadáveres colgando a la entrada del bosque no eran lo que yo llamaría una invitación a pasar.

Este bosque anaranjado, con un piso de nieve… es tan irreal. En el pueblo en el que vivía con mi padre no nevaba, pero él me explicó cómo era por si algún día ocurría, que no me asustara. 
Si mal no recuerdo, me lo contó cuando vivíamos en la Arboleada, y el abuelo hizo nevar más de alguna vez. Pero esto es distinto, es frío… 

***

Si, debe de ser un intruso. Salté y me puse de tras de él, en un solo movimiento mi espada rozaba su cuello y sus brazos eran afirmados por mi zurda en una llave. 
Pensé en matarlo de inmediato, pero un olor en él me paralizó.

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