-Memorias del Profe-

“La Eternidad de las Flores: La Búsqueda II”

Aunrae corrió tan rápido como pudo, de modo que no tardó más de un minuto en llegar.

Se encontró con el muchacho escondiéndose tras un árbol, mientras un oso lo perseguía. 

-No me digas que “eso” te asustó- dijo moviendo la cabeza un poco molesta.

Dejó caer el alce y, tomando con las dos manos la cimitarra, atravesó al animal. Luego sacó el arma y le cortó la cabeza.

Inírion salió de su escondite y se acercó al oso, viéndolo con recelo. Luego miró a la Drow, quien mostraba cansancio y molestia.

-¿Y los perros?- le preguntó ella al notar la mirada.
-Creo que fueron a cazar- respondió él.
-Ah. Dormiré un rato- indicó.

Tras eso, movió al oso y se recostó sobre él, boca abajo. 

-Muy bien, yo me encargaré del resto- se dijo el muchacho.

Él sacó un cuchillo bien afilado y comenzó a cortar la piel del alce, sacando la carne útil y poniéndola entre unos bolsos de piel que le había pasado la joven. Cortar, limpiar, cortar, limpiar; en eso se había llevado toda la noche. 
Las ramas para la fogata estaban juntas, pero el no sabía como hacer fuego con tanto frío. 

De pronto, una idea le cruzó la cabeza, y extendiendo la mano hacia las ramas, pronunció unas palabras. Empezó a arder, sus ojos se humedecieron ante la sorpresa. “Magia”, se dijo.

Terminó con su labor con el alce y lo alejó del campamento, para que las bestias lo devoraran lejos de ellos. Cocinó un trozo de carne y se lo comió, al notar que la chica no despertaba, dejó el resto entre la nieve para que no se pudriera e intentó dormir, rodeándose por los perros que habían vuelto. “Al menos así tendré menos frío”, pensó.

Al día siguiente cruzaron el río, había un puente no muy lejos de donde se encontraban, y pudieron pasar sin grandes problemas. 
Caminaron unos metros más allá del bosque y se encontraron con el pueblo. Era pequeño, de hecho, muy pequeño. Parecía que no más de cien personas vivía allí, y con razón, el frío no hubiera permitido tener alimentos para más gente. 

Caminaron hasta lo que parecía una posada, y se encontraron de cara con un hombre canoso, que llevaba un broche con forma de hoja de roble que le afirmaba el abrigo.

Inírion, al darse cuenta, habló.

-Disculpe, ¿Era usted un Arboreo?- preguntó el joven Elfo.

El hombre lo miró, sus ojos parecieron perderse en el pasado. Un minuto después, reaccionó y gritó.

-¡Hermano, ven enseguida!- su euforia había aplastado al impacto inicial que había sentido.

Los invitó a pasar a la sala, dónde habían un par de sillones un poco desgastados. Los hizo sentar y les preguntó de dónde venían. Antes de dejarlos responder empezó a sacar sus propias conclusiones, los miró, y al tiempo en que llegaba Nyko, les dijo.

-Tú- apuntando a Aunrae -debes ser la nieta de Confu, y tú- ahora apuntando a Inírion -el de Tanavar-

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