-Memorias del Profe-

“La Eternidad de las Flores: La Búsqueda en Aguas Intranquilas IV”

El chasquido producido por la caminata de los Elfos se había transformado en algo común para sus oídos. La humedad del lugar era excesiva, lo que daba la razón la decisión de Torothal de poner sus templos en aquel lugar. 

Más al sur, cuando ya parecía que se acababa el mundo, el pantano se cerraba sobre sí, dando paso a un bosque pequeño, de no más de doscientos metros. Helechos eran la planta que reinaba en la superficie, tapados de eucaliptos y álamos. 

Después de cruzar el bosque, un farellón los separaba de la ciudad portuaria. A los pies del montículo de tierra un río enorme parecía dominar la estancia. 

-Lo que faltaba, más agua- dijo Aunrae sin mucha emoción.

La ciudad se dividía en dos sectores: Primero, el que tenía el puerto, las barcas y el mercado; Segundo, el que tenía las casas, el templo, y que hacia el río convergía en un vado de varios metros. El gran templo se encontraba sobre el vado, quizás por una cuestión religiosa, ya que la Diosa del Río y las Lluvias preferiría estar en contacto con el agua hasta en su propia casa. 

Los jóvenes, al otro lado del río, se debatían por encontrar la forma de llegar al otro lado. 

-Nademos- sugirió la Drow.
-No sé nadar- se excusó el Kaldorei.
-¡Por todos los demonios del abismo! ¿Qué mierda te enseñó tu padre?- reaccionó molesta la chica.
-Él…- empezó.
-¡Ya!, no importa. Veremos como cruzar- le interrumpió.

De pronto, una bella Elfa silvana se acercó a ellos. Sus rubios cabellos parecían rayos del sol, pero menos radiantes, como si fuesen algas amarillas; y entre ellos llevaba unas hojas que parecían algas recién cogidas del mar. Su piel era clara, y tenía los ojos negros. Se veía muchísimo más joven que ellos, y vestía una túnica entre celeste y calipso, pues bordeaba ambos colores en distintas zonas de la ropa.

Ambos quedaron impactados y, desconociendo los detalles relacionados con los ríos, no pensaron que fuese una seguidora de Torothal. 

La Elfa rió al ver su cara de asombro, se veía delicada. Como si hubiera sido cuidada entre las nubes toda su vida.

La Drow tomó la empuñadura de una cimitarra. 

-Disculpa la molestia, pero, ¿Quién eres?- cuestionó Aunrae.
-Annawen del clan Inf. Pero la pregunta es, ¿Quiénes son ustedes, extranjeros?-

Los Elfos cruzaron miradas, sin saber que hacer. Finalmente la Elfa Oscura se presentó, con nombre y apellido, esperando que el Nocturno lo hiciera de igual forma.

Una vez acabado ese tramite, ella les preguntó de donde venían, y ellos le explicaron que se habían perdido entre el pantano cuando iban a comerciar a un pueblo que supuestamente se hallaba por ahí.
La Elfa les creyó la mentira y les ofreció ayudarlos a cruzar el río, incluso les prometió encontrarles una posada para que pasaran la noche. Los jóvenes aceptaron y agradecieron. La siguieron hasta cierto punto, sobre el cual se pudo ver una especie de puente diez centímetros bajo el agua.

-En este tiempo el puente se cubre de agua, pues la nieve se derrite de las montañas y llega hasta aquí.- explicó la rubia ante la cara de asombro de ellos -En unos tres meses el río tomara su nivel habitual y se podrá cruzar con facilidad- terminó.

Tras cruzar, Annawen los llevó por la ciudad, explicándoles los distintos edificios, casas y utilidades de cada sector. La Drow, molesta por la perdida de tiempo, se mostraba indiferente ante lo que la Elfa hacía, sin embargo, no perdía ningún detalle de ella. Por su parte, el Nocturno le prestaba mucha atención y dialogaba con ella, esperando que sus ideas se alinearan y contar con una nueva aliada.

Finalmente, llegaron al templo de Torothal. Pensaron que no tardarían tanto, pero ya el sol se estaba poniendo cuando se encontraron en el lugar.

-Este es el templo de la Diosa de los Ríos y las Lluvias, nuestra protectora ante las amenazas.- sentenció Annawen.

Los rostros de ambos se tensaron a la brevedad, pero intentaron disimularlo para no alertar a su acompañante. 

Allí, el agua les cubría hasta la rodilla. Claramente solo una Diosa como esa podría tener su templo de esa forma. 
Entre las aguas pareció moverse algo. Los tres Elfos se pusieron en posición defensiva.

-Annawen, entra al templo- escucharon una voz que parecía provenir de entre el río.
-Gran Sacerdotisa, ¿qué ocurre?- preguntó asustada la Elfa Silvana.
-Has traído al enemigo a la puerta de tu casa, debo eliminarlos para nuestra salvación antes de que nuestra Todopoderosa Diosa no se enfade- le explicó la voz.

La chica, más impactada que otra cosa, miró a los Elfos. Le habían caído bien, pero eran el enemigo y no podía desobedecer a la Gran Sacerdotisa.

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