-Memorias del Profe-

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“indefenso”

¡Qué indefenso me tienes! Mírame, soy una sombra de lo que fui, me has hecho humilde hasta el extremo de no saberme de nadie más que tuyo, me has hecho un poco menos de lo que fui, la justa medida de tu mirada diciéndome que soy lo que tú necesitas, la justa medida de tus labios recorriendo mi espalda y mis brazos, la justa medida de un abrazo que se hizo fuego en mis adentros.

Pero no te equivoques, si me tienes indefenso, no es porque tú lo hayas querido así, más bien se debe a que yo lo acepté.

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“contigo”

¿Qué he de decirte? Tus ojos desnudan mi alma, me dejan indefenso, me dejan sin sentido alguno: más que el de amarte hasta el límite, ninguno otro más que el de hacer que llegues a necesitarme, que llegues a ver lo que nadie más vio en mí; porque sólo así podría yo seguir viviendo, sólo así podría yo acercarme a la inmortalidad.

Contigo no existen mentiras, sólo la pura y llana verdad, sólo esta necesidad irreverente de que vengas a mí, que me abraces, que beses mi frente, y me veas a los ojos, que me digas de mil maneras diferentes con tu mirada aquello que aún callan nuestras bocas.


“nostalgia”

Una noche más; otra que llegas como siempre, tan puntual: vienes y te vas, no sin antes dejar un montón de recuerdos tirados por mi cama, no sin antes hacerme revivir con pena todo aquello que creí haber olvidado entre el primero y el quinto café pero, pero puede que por fortuna ésta sea la noche en que me decida a no dejarte correr, que vaya tras de ti, como un día fui detrás de aquella mujer; y puede que me encuentre a la muerte vestida de blanco, tocando nuevamente a la puerta, puede que me vea a los ojos y se decida por fin a darme ese abrazo que me prometió el día que la conocí, puede que por fortuna también ya no haya ninguna noche más, que cuando vuelvas tan puntual como lo eres, te encuentres ahora tú en completa soledad, acompañada de una bella dama con un sencillo vestido blanco que al verte te prometa un abrazo eterno, tal como me lo prometió a mí…


“sólo espero”

Me dijo: “te quiero”, y me sentí el hombre más feliz sobre la faz del mundo, un peregrino itinerante mi corazón había por fin encontrado su patria en aquel precioso ser y me sabía afortunado porque esa patria abría sus brazos de par en par para recibirme.

Y así me dijo: “te necesito”, un dulce susurro que se clavó en mi alma, sus ojos un par de estrellas perdidas que por fin habían encontrado su lugar en mi mirada, y ella sabía que no iban a haber más noches sin estrellas, no más tormentas en el horizonte.

Pero hoy, sólo espero que esas palabras se repitan como en aquellas ocasiones, que un día la necesidad de vernos sea tan grande que no se conforme con una llamada telefónica, que nos veamos al día siguiente, en la misma esquina, en aquel mismo parque, bajo ese mismo árbol que solía ver como dos adolescentes de enamoraban mutuamente, con mucho más que un “te quiero” y un “te necesito”.